SEGUNDA
SESIÓN
-¿Cómo estás?
-Bien -comentó
por lo bajo.
-¿A qué
querés jugar hoy?
-Quiero
dibujar.
-¿Te dejan
dibujar en tu casa?
-Sí.
-¿Tenés
muchos dibujos?
-Sí.
-Algún día me
gustaría que trajeras alguno para que los vea.
-Bueno.
-Acá tenés
unos papeles. Sólo tengo unas biromes.
Sus manos se
apropiaron de las hojas y empezaron a pintar. Una línea por aquí,
otra por allá y pronto el papel se cubrió de negro y azul.
-¿Qué tal ha
estado Luna?
-Bien. Algo
molesta.
-¿Qué le
pasó?
-Dice que los
perros del barrio son muy tontos, que sólo saben de huesos, olores y
comida. Es por eso que no tiene amigos de su especie.
-¿Vos tenés
amigos?
-Claro, Luna es
mi amiga.
-¿Amigos de tu
especie?
-Los chicos de
mi edad también son tontos. Dicen que estoy loca.
-Eso es muy
grave.
-Me golpean en
clases porque digo que Luna me habla.
-Luzmila, a
veces hay gente que no ve lo mismo que otra persona.
-Los odio.
Parece
demasiado tierna y dulce como para realmente odiar a alguien. Más
aún con ese vestido rosa que estoy seguro su madre la obligó a
usar.
-El odio es un
sentimiento muy fuerte. ¿Qué sentís cuando los ves?
-Me molestan...
Siempre que pueden me gritan cosas feas.
-¿Qué te
dicen?
-Que soy una
nena de mamá.
-¿Por qué
pensás que te dicen eso?
-Porque es mamá
quien sale a defenderme cuando me agreden.
-¿Eso te
molesta?
-No... -detuvo
su trabajo y luego lo retomó con más entusiasmo-. Si ella no me
ayudara las cosas serían mejor.
-¿Por qué
decís eso? Te atacarían igual.
-Pero tendrían
menos motivos para hacerlo. Luna dice que no me preocupe, que son
sólo niños pero yo le digo que yo también lo soy y no ando
maltratando a la gente por todas partes.
-Ella tiene
razón y vos también. Lo que tenés que pensar es que ellos quizás
no tienen una buena madre como la tuya que les enseñe a portarse
bien.
-No dejo de
odiarlos.
Se recostó sobre
el verde del césped. El sol le sonreía a la distancia aunque no
lograba acariciarla porque ella se protegía con la sombra de un
árbol.
-Vacaciones al fin
-un muchacho comentó.
-Me las tenías
merecidas -una chica colorada agregó.
-Por supuesto,
después de todo el esfuerzo que hiciste -bromeó otro chico.
-¡Hey! Podrán
decir que no trabajé en todo el año pero en el último período me
esforcé -se quejó la joven.
-¿Y vos, Luz?
¿Estás preparada para las vacaciones?
-Siempre lo estuve
-comentó mientras se levantaba-. Vamos a pasar este verano en la
pileta de la casa de Funes de Lucas (aquel chico contento por la
llegada de las vacaciones), después vamos a tocar la guitarra junto
con Ariel (el bromista) y a tomar esos tererés tan ricos que prepara
Victoria (aquella que se salvó de rendir en diciembre por los
pelos).
-Va a ser genial,
lo presiento -sonrió Lucas.
-Así es.
Se volvió a
recostar pero esta vez cerró los ojos. Sentía el calor del sol
sobre ella como la textura del pasto debajo. El aire soplaba
suavemente y los árboles sacudían sus hojas. Los pájaros cantaban
en lo alto y todo parecía sumergir a Luzmila en la comodidad
suficiente como para quedarse dormida.
-Cambiemos de
tema. ¿Qué te dicen tus padres cuando les dices que Luna te habla?
-Mamá se
enfada.
Al parecer
por aquí viene el odio.
-Dice que no
tengo que decir eso, que está mal.
-¿Y tu papá?
-Me pregunta
sobre lo que hablamos pero mamá siempre lo reta cuando hace eso.
-¿Se pusieron a
pensar que este es el último año de secundaria? -preguntó Ariel.
-No, por favor no.
-¿Qué?
-No empieces con
tu momento melancólico -le suplicó Victoria pero no hubo nada que
hacer.
-Es cierto,
nuestro último año -repitió Luzmila-. Y después la facultad.
-No estoy muy
seguro de eso -comentó Lucas.
-¿De qué hablás?
¿No vas a estudiar? -Vicki comenzaba a exaltarse, había un detalle
que se le había escapado y ella no podía permitirse eso.
-Aún no lo he
decidido. Llevo ahorrando hace mucho tiempo para viajar a Europa.
-Vos y tus locos
sueños.
-¿En serio?
¿Pensás irte todo el año? -preguntó Ariel.
-Es lo que tenía
en mente.
-¿Qué vamos a
hacer sin vos?
-Tampoco es para
tanto. Es el próximo año y, además, cada uno va a estar metido en
sus estudios. Seguro va a pasar rápido.
-Supongo...
-suspiró Ariel.
-¿Qué van a
estudiar?
-¡Dios! Y pensar
que hace unos años nuestras piernas temblaban por ingresar a la
secundaria.
-Mi hermano me
ayudó mucho con eso -Ariel añadió-. Me asustaba diciéndome que
los estudiantes eran malos y que se molestaban con todos los de
séptimo. Fue una suerte que no mojara mis pantalones el primer día
de clase.
Todos rieron.
-En serio, ¿Qué
tienen en mente para el futuro? -Luzmila insistió.
-Bellas artes
-Ariel respondió-. No puedo rechazar el arte que hace tantos años
vengo desarrollando.
-Eso sí que me
sorprendió -Lucas exclamó-. Hasta hace unos meses querías ser
abogado.
-Lo sé -sus ojos
brillaron. Lo notó-. Era más bien la influencia de mi viejo.
Al fin pude hacerle frente y decidir -sonrió.
-¡Miren a nuestro
valiente Ariel! -lo apoyaron todos.
-Yo voy directo a
letras.
-No puedo decir
que sea una sorpresa... -Luz comentó- pero me sorprende que no nos
hayas sorprendido con la decisión que tomaste.
-¡Es cierto!
¿Quién imaginaría que la impulsiva Victoria se inclinaría por una
carrera que junta lo que ella ha venido haciendo toda su vida?
-Nada distinto,
ningún cambio.
-Ahí está el
error -cejas arqueadas, ojos semicerrados, bocas abiertas-. Lo que me
interesa es enseñar. Soy tan increíble que nuevamente los he
sorprendido a todos.
-Misión cumplida
supongo -sonrió Ari-. Nos has dejado boquiabiertos.
-¿Y vos, Luz?
Silencio
absoluto. El magnífico e inquietante silencio. Sin palabras ni
sonidos, únicamente una alarma de un auto descontrolado que
probablemente no estaba siendo robado en realidad. Seguramente el
vehículo, en vista de una necesidad, se había visto obligado a usar
su aviso infernal para llamar la atención de aquel dueño que lo
había abandonado, que lo había dejado solo y, aún peor, rodeado de
desconocidos.
-Me gusta que
no hablemos -susurró dulcemente.
Le gusta
pero aún así se atreve a acabar con él.
-¿Querés que
permanezcamos en silencio el resto de la sesión?
-No.
-¿Por qué es
eso? Dijiste que te gustaba.
-El silencio no
existe.
-¿Qué te hace
pensar eso?
-Cada vez que
menos sonidos hay los oídos oyen más. Si uno sabe escuchar el
silencio nunca perdura. Es una ilusión.
Parece tan
misteriosa para su edad. Como si supiera más de lo que cuenta.
-¿Te gustaría
oír... -¿Qué palabra tendría más sentido para usar en esta
oración? ¿Qué palabra sería la adecuada?- el “silencio”?
Rió.
-Sí.
Dibujaba
sin parar. Negro por allí, azul por allá. Alegre su rostro y suave
su pintar. Alarma
de un automóvil.
¡Qué molesto! ¿Dónde está el propietario para apagarla? Bocinas.
¡A veces la ciudad es un infierno! Martillos
y palas sacando tierra.
¡Esa construcción de mierda! El
canto de las aves.
Increíblemente hermoso. Definitivamente es una suerte que tantos
ruidos no nos alejen de tan hermosas melodías. Perros
ladrando, gatos maullando.
La gente podrá decir que son molestos pero lo cierto es que aquellas
voces permiten que uno se relaje.
El agua mecida por el
viento. No
estamos tan cerca del río. Las
hojas danzantes en los árboles.
¿Bosques? ¿Qué es eso? Iván.
¿Quién dijo eso?
¡Iván!
¡¿Quién es?!
-¡Iván!
Saltó en su
silla y volvió a ver.
-Sí, Luzmila,
disculpá. ¿Qué pasa? -acomodó sus lentes.
-El timbre está
sonando.
-Sí. Tu mamá
debe estar acá.
-¿Pudo
escuchar algo?
-Sí, eso
creo... Pero te lo diré la próxima semana y hablaremos de eso.
Sonrió
mientras salía por la puerta y su madre la acompañaba. Esta vez no
hubo una charla final.
Volvió. El
estudio como siempre lo esperaba. Un dibujo. Un bosque, un lago y
pájaros.
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