01 febrero 2012

PARTE 1


PRIMERA SESIÓN

-¿Querés que juguemos a algo?
Su cabeza asintió.
-¿Te gustan los rompecabezas?
-Sí -su fina y aguda voz retumbó en todo el lugar, inmerso en el silencio hasta ese momento.
-¿Te gusta este?
-Sí.
-¿Sabés porqué estás acá?
Sus delgados dedos acariciaban los bordes de cada pieza del puzzle. Su mente pensaba tantas cosas que su boca no alcanzaba a decir nada en concreto. Sumergida en sus pensamientos se dispuso a unir cada pedazo. Poco a poco, cada elemento estaba en su lugar y en menos de cinco minutos ya lo había armado.
-Sos muy buena en esto.
Sus labios se arquearon permitiendo que sus dientes superiores salieran a la luz.
-¿Querés hacer otro?
-Sí -sus ojos se agrandaron por la emoción y el entusiasmo que le generaba la posibilidad de armar otro rompecabezas.
-Tratá de prestarme un poco de atención, Luzmila. ¿Tu mamá te dijo algo sobre lo que vamos a hacer acá?
-Sí -sus ojos no lo miraron, estaban demasiado concentrados en el trabajo que las manos de la niña estaban realizando-. Dijo que usted me iba a ayudar.
-¿No dijo nada más?
-Que tenía que hablar sobre mi vida.
-Verás, Luzmila, tu mamá quiere lo mejor para vos y hay algunas cosas que le preocupan.
Seguía enfocada en los rompecabezas, perdida en aquellas piezas que clamaban por encontrar a sus compañeras.
-Básicamente le preocupan las conversaciones que tenés con tu perra y la falta de amigos.
Se detuvo. Sus manos se mantuvieron estáticas. Él lo supo, había hecho hincapié en algo importante, algo que debería tratar más adelante. Esa niña parecía temer demasiado, estaba asustada o quizás sólo era muy tímida. Cambió de tema, no quería que se incomodara porque así sería más difícil tratar con ella.
-¿Querés contarme algo? No es necesario que tratemos esos temas por ahora.
Respiró y siguió, todo estaba en calma.
-¿Te gusta estar en tu casa?
-Sí. Mamá juega conmigo.
-¿Y tu papá?
-Él no juega. Cada pieza en su lugar, sin hacer fuerza para que encastren correctamente. Despacio, con paciencia y amor.
-Tu mamá me dijo que tenías una mascota.
Por primera vez sus ojos se elevaron y lo miraron. Volvían a lo dicho en primera instancia y quizás era un terreno que aún no debían pisar.
-No tengo una mascota.
Volvió a lo suyo.
-¿Quién es Luna?
-Mi amiga.
-¿Es una perra?
-Blanca con ojos marrones.
-¿Se porta bien?
-Sí. Mamá dice que rompe las plantas pero Luna dice que ella no es.
-¿Ella te lo dijo?
-¿Tiene otro rompecabezas?
-Sí, lo siento. Sus ojos me miran impacientes por descubrir más imágenes en aquellos juegos que de chico me encantaban y que a esta edad, 34 años, no parecen ser la gran cosa.
Buscó en la estantería que tenía detrás de su silla y sacó todos los rompecabezas que recordaba tener. Los puso sobre la mesa, donde la niña los armaba con una increíble rapidez y dedicación. Se sentó de vuelta y anotó unas cosas en un papel.
-Así que Luna asegura que no es ella quien arruina el jardín. ¿Te ha dicho quién lo hace?
-El gato del vecino.
-¿Cómo es él?
-Negro con manchas grises.
-¿También él te habla?
Su risa dulce y tierna aturdió al psicoanalista. Parecía que se había relajado. A excepción de sus voces ningún ruido navegaba por el aire.
-¿He dicho algo tonto?
-Los animales no hablan -lo burló la pequeña.
-Luna es una perra y habla. ¿Porque el gato del vecino no lo hace?
-Fui yo quien le enseñó a hablar.
-¿Por qué no me contás más cosas sobre ella? ¿Cómo llegó a tus manos?
-En el parque. Apareció de la nada frente a mis ojos. Era una cachorra y mamá aceptó que se quedara con nosotros.
-¿Cómo es eso de que apareció de la nada?
-Así fue. Jugaba con la arena y ella vino junto conmigo.
-¿Y quién le eligió el nombre?
-Yo -sonrió maravillada.
Es el cuarto rompecabezas que termina en un poco menos de media hora. Debe tener mucha práctica en esto.
-A la noche mamá me preguntó qué nombre le pondría. Luna, dije. ¿Por qué?, preguntó ella. Hay una linda luna esta noche, respondí.
-¿Qué edad tenías?
-Ocho.
-Hablemos un poco de tu papá.
-Está encerrado en su estudio. Mamá dice que tengo que portarme bien cuando sale porque está cansado.
-¿Qué hace todo el tiempo que está allí?
-Trabaja. Escribe cosas que otra gente lee.
-¿Es periodista?
-No. Escribe libros.
-¿Es escritor? -los ojos verdes no se alejaron del rompecabezas pero su cabeza asintió.
-Trabaja para una revista que publica capítulos de sus libros.
-¿Has leído algo suyo?
-No. Hay muchas palabras que no entiendo. Luna los lee para mí.
-¿También le enseñaste a leer?
-Le enseñé lo que aprendí en la escuela. Ella pasa el día entero leyendo y sabe más que yo. Lee los libros con palabras que yo entiendo.
-¿De qué tratan?
-Hablan de aventuras en los bosques y desiertos.
-¿Te gustan?
-Sí.
-¿Luna le pide permiso a tu papá para leerte sus escritos?
-Una vez intentó hablar con una vecina y ella salió espantada. Por eso no les habla a papá y mamá, dice que ellos también se van a asustar aunque yo no creo que sea así.
-Así que sólo habla con vos.
-Sí.
¡Qué conveniente!
Un sonido interrumpió la reunión.
-Ahí vino tu mamá, Luz.
-¿Me puedo llevar este? -un rompecabezas donde un niño y un gato jugaban en un patio había cautivado a la pequeña.
-Claro. Te lo regalo.
Sus ojos se iluminaron y sus dientes se asomaron entre sus labios otra vez.
Sí que ama los rompecabezas.


-Andá al auto, yo ya voy.
La niña se subió al vehículo y saludó a la perra que en el asiento de atrás le movía la cola.
-¿Qué tal ha ido todo? -preguntó impaciente la madre.
-Es un niña muy inteligente y ágil de mente. Parecía no presentar ningún malestar en su vida.
-¿Y qué hay de sus charlas con la perra?
-Por ahora no encuentro la razón que tiene para inventar esa fantasía pero tenga paciencia, el tiempo me permitirá descubrir qué es lo que causa esto.
-Su padre dice que tiene mucha imaginación para ser una nena de 10 años. Dice que eso es todo pero yo no estoy tan segura -suspiró-. Sus compañeritos se burlan de ella.
-No se preocupe, solucionaremos esto.
-Gracias, Doctor. ¿Cuánto es?
-$150.
La mujer le entregó su paga y entró en el auto. Desaparecieron al doblar la esquina y el psicoanalista entró en su estudio. Allí, sobre la mesa donde él trabajaba había unos rompecabezas armados y unos cuantos, ansiosos por salir, guardados en cajas. Se sentó en donde la pequeña había estado unos minutos antes y abrió una caja. Supongo que nunca le dediqué suficiente tiempo, lo cierto es que divierten más que otros juegos.

3 comentarios:

  1. Me encantó. Sos genial. Hace falta decir algo más?
    (Por supuesto, que ni se te ocurra dejarla!)

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  2. ¡Estuvo muy bueno! Estoy ansioso por leer las sgtes. partes.

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