PRIMERA
SESIÓN
-¿Querés que
juguemos a algo?
Su cabeza
asintió.
-¿Te gustan
los rompecabezas?
-Sí -su fina y
aguda voz retumbó en todo el lugar, inmerso en el silencio hasta ese
momento.
-¿Te gusta
este?
-Sí.
-¿Sabés
porqué estás acá?
Sus delgados
dedos acariciaban los bordes de cada pieza del puzzle. Su mente
pensaba tantas cosas que su boca no alcanzaba a decir nada en
concreto. Sumergida en sus pensamientos se dispuso a unir cada
pedazo. Poco a poco, cada elemento estaba en su lugar y en menos de
cinco minutos ya lo había armado.
-Sos muy buena
en esto.
Sus labios se
arquearon permitiendo que sus dientes superiores salieran a la luz.
-¿Querés
hacer otro?
-Sí -sus ojos
se agrandaron por la emoción y el entusiasmo que le generaba la
posibilidad de armar otro rompecabezas.
-Tratá de
prestarme un poco de atención, Luzmila. ¿Tu mamá te dijo algo
sobre lo que vamos a hacer acá?
-Sí -sus ojos
no lo miraron, estaban demasiado concentrados en el trabajo que las
manos de la niña estaban realizando-. Dijo que usted me iba a
ayudar.
-¿No dijo nada
más?
-Que tenía que
hablar sobre mi vida.
-Verás,
Luzmila, tu mamá quiere lo mejor para vos y hay algunas cosas que le
preocupan.
Seguía
enfocada en los rompecabezas, perdida en aquellas piezas que clamaban
por encontrar a sus compañeras.
-Básicamente
le preocupan las conversaciones que tenés con tu perra y la falta de
amigos.
Se detuvo. Sus
manos se mantuvieron estáticas. Él lo supo, había hecho hincapié
en algo importante, algo que debería tratar más adelante. Esa niña
parecía temer demasiado, estaba asustada o quizás sólo era muy
tímida. Cambió de tema, no quería que se incomodara porque así
sería más difícil tratar con ella.
-¿Querés
contarme algo? No es necesario que tratemos esos temas por ahora.
Respiró y
siguió, todo estaba en calma.
-¿Te gusta
estar en tu casa?
-Sí. Mamá
juega conmigo.
-¿Y tu papá?
-Él no juega.
Cada pieza en su lugar, sin
hacer fuerza para que encastren correctamente. Despacio, con
paciencia y amor.
-Tu mamá me
dijo que tenías una mascota.
Por primera vez
sus ojos se elevaron y lo miraron. Volvían a lo dicho en primera
instancia y quizás era un terreno que aún no debían pisar.
-No tengo una
mascota.
Volvió a lo
suyo.
-¿Quién es
Luna?
-Mi amiga.
-¿Es una
perra?
-Blanca con
ojos marrones.
-¿Se porta
bien?
-Sí. Mamá
dice que rompe las plantas pero Luna dice que ella no es.
-¿Ella te lo
dijo?
-¿Tiene otro
rompecabezas?
-Sí, lo
siento. Sus ojos me miran impacientes por descubrir más imágenes
en aquellos juegos que de chico me encantaban y que a esta edad, 34
años, no parecen ser la gran cosa.
Buscó en la
estantería que tenía detrás de su silla y sacó todos los
rompecabezas que recordaba tener. Los puso sobre la mesa, donde la
niña los armaba con una increíble rapidez y dedicación. Se sentó
de vuelta y anotó unas cosas en un papel.
-Así que Luna
asegura que no es ella quien arruina el jardín. ¿Te ha dicho quién
lo hace?
-El gato del
vecino.
-¿Cómo es él?
-Negro con
manchas grises.
-¿También él
te habla?
Su risa dulce y
tierna aturdió al psicoanalista. Parecía que se había relajado. A
excepción de sus voces ningún ruido navegaba por el aire.
-¿He dicho
algo tonto?
-Los animales
no hablan -lo burló la pequeña.
-Luna es una
perra y habla. ¿Porque el gato del vecino no lo hace?
-Fui yo quien
le enseñó a hablar.
-¿Por qué no
me contás más cosas sobre ella? ¿Cómo llegó a tus manos?
-En el parque.
Apareció de la nada frente a mis ojos. Era una cachorra y mamá
aceptó que se quedara con nosotros.
-¿Cómo es eso
de que apareció de la nada?
-Así fue.
Jugaba con la arena y ella vino junto conmigo.
-¿Y quién le
eligió el nombre?
-Yo -sonrió
maravillada.
Es el cuarto
rompecabezas que termina en un poco menos de media hora. Debe tener
mucha práctica en esto.
-A la noche
mamá me preguntó qué nombre le pondría. Luna, dije. ¿Por qué?,
preguntó ella. Hay una linda luna esta noche, respondí.
-¿Qué edad
tenías?
-Ocho.
-Hablemos un
poco de tu papá.
-Está
encerrado en su estudio. Mamá dice que tengo que portarme bien
cuando sale porque está cansado.
-¿Qué hace
todo el tiempo que está allí?
-Trabaja.
Escribe cosas que otra gente lee.
-¿Es
periodista?
-No. Escribe
libros.
-¿Es escritor?
-los ojos verdes no se alejaron del rompecabezas pero su cabeza
asintió.
-Trabaja para
una revista que publica capítulos de sus libros.
-¿Has leído
algo suyo?
-No. Hay muchas
palabras que no entiendo. Luna los lee para mí.
-¿También le
enseñaste a leer?
-Le enseñé lo
que aprendí en la escuela. Ella pasa el día entero leyendo y sabe
más que yo. Lee los libros con palabras que yo entiendo.
-¿De qué
tratan?
-Hablan de
aventuras en los bosques y desiertos.
-¿Te gustan?
-Sí.
-¿Luna le pide
permiso a tu papá para leerte sus escritos?
-Una vez
intentó hablar con una vecina y ella salió espantada. Por eso no
les habla a papá y mamá, dice que ellos también se van a asustar
aunque yo no creo que sea así.
-Así que sólo
habla con vos.
-Sí.
¡Qué
conveniente!
Un sonido
interrumpió la reunión.
-Ahí vino tu
mamá, Luz.
-¿Me puedo
llevar este? -un rompecabezas donde un niño y un gato jugaban en un
patio había cautivado a la pequeña.
-Claro. Te lo
regalo.
Sus ojos se
iluminaron y sus dientes se asomaron entre sus labios otra vez.
Sí que ama
los rompecabezas.
-Andá al auto,
yo ya voy.
La niña se
subió al vehículo y saludó a la perra que en el asiento de atrás
le movía la cola.
-¿Qué tal ha
ido todo? -preguntó impaciente la madre.
-Es un niña
muy inteligente y ágil de mente. Parecía no presentar ningún
malestar en su vida.
-¿Y qué hay
de sus charlas con la perra?
-Por ahora no
encuentro la razón que tiene para inventar esa fantasía pero tenga
paciencia, el tiempo me permitirá descubrir qué es lo que causa
esto.
-Su padre dice
que tiene mucha imaginación para ser una nena de 10 años. Dice que
eso es todo pero yo no estoy tan segura -suspiró-. Sus compañeritos
se burlan de ella.
-No se
preocupe, solucionaremos esto.
-Gracias,
Doctor. ¿Cuánto es?
-$150.
La mujer le
entregó su paga y entró en el auto. Desaparecieron al doblar la
esquina y el psicoanalista entró en su estudio. Allí, sobre la mesa
donde él trabajaba había unos rompecabezas armados y unos cuantos,
ansiosos por salir, guardados en cajas. Se sentó en donde la pequeña
había estado unos minutos antes y abrió una caja. Supongo que
nunca le dediqué suficiente tiempo, lo cierto es que divierten más
que otros juegos.
Me encantó. Sos genial. Hace falta decir algo más?
ResponderEliminar(Por supuesto, que ni se te ocurra dejarla!)
¡Estuvo muy bueno! Estoy ansioso por leer las sgtes. partes.
ResponderEliminarGracias por leer .)
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