-No lo sé
-susurró.
-¿Sabés cuál es
tu problema? -le dijo Ariel y ella negó, impaciente, esperando la
respuesta de su amigo-. Te gustan demasiadas cosas como para
enfocarte en solo una.
-Es verdad
-reafirmó la colorada-. Te gusta la música, amás escribir, te
desvivís por la naturaleza y ayudar a los demás es algo que no
podés evitar hacer.
-Lo sé... Para
serles sincera me asusta un poco no saber qué hacer el resto de mi
vida.
-No seas tan
extremista -Lucas la retó-. La carrera que estudies no va a ser a lo
único que te dediques el resto de tu vida.
-Es verdad. Uno
siempre puede cambiar o empezar a hacer cosas nuevas -Ariel se
levantó.
-Y nosotros somos
expertos en hacer cosas tontas y de todo tipo -Victoria lo secundó.
Todos se
levantaron y al ritmo del Nokia 1100 (celular monofónico y viejo
para la época) bailaron e hicieron monerías a la sombra del árbol
que habían elegido para ese día.
-Tengo miedo
-confesó Luzmila.
-¿Qué pasa?
¿Debería asustarme? No lo sé. En varias ocasiones exagera.
Mejor espero a escuchar su respuesta. Anticiparse a los problemas
hace mal.
-Escuché a mamá
y a papá hablando sobre nuestros gastos -suspiró-. Las revistas ya
no quieren publicar las historias de papá. Hace rato que no escribe
un libro y mamá sigue sin encontrar trabajo. No hay más dinero.
-No te preocupés.
Seguro que todo va a salir bien. Es tan sensible. A veces parece
una niña asustada por las sombras que invaden su habitación en la
noche.
-No lo sé...
Estaban hablando de vos. Decían que quizás íbamos a tener que
regalarte. Parece que cuidarte es bastante costoso.
-Luz...
¿Regalarme? ¿A mí? Después de todo el tiempo que pasamos
juntos no es posible que estén considerando la idea de darme en
adopción.
Sus ojos
cambiaron. La tristeza se zambulló en ellos.
-A veces hay que
hacer cosas que no queremos para proteger a los que amamos.
-No quiero que te
vayas, Luna.
-Yo tampoco quiero
irme...
-Lo estuve
pensando y ya decidí qué hacer...
¿Qué se habrá
cruzado por su creativa cabeza?
-Voy a buscar
trabajo. Así, con el dinero que gane voy a poder cubrir tus gastos y
no tendrán motivos para pensar en regalarte -sonrió.
-¡Es una
brillante idea! -sus ojos brillaron de emoción-. Voy a buscar los
clasificados -se levantó.
-No. Será mejor
que vaya yo. No quiero que sepan que les mentí sobre vos. Han pasado
muchos años como para confesarles ahora que nunca dejamos de hablar
-sonrió pícaramente y se marchó.
La verdad que
sí. Pobre Luzmila... Obligada a ir al psicoanalista desde pequeña
por decir que hablaba conmigo. Recién cuando dijo que ya no
conversaba más con su mascota dejaron de molestarla, aunque
ella no abandonó las sesiones de psicoanálisis. Sabía que le
ayudaría con otras cosas y, además, Iván no podía decir nada de
lo dicho en las reuniones. Todo estaba bajo control. Todo era un
secreto...
-En fin, veamos
qué hay...
La perra tomó los
clasificados y, mientras Luzmila peinaba su marrón y largo cabello,
los leyó.
-¿Animadora de
fiestas infantiles?
-No -rió
suavemente-. No sé si podría lidiar con los pequeños.
-Luz, los chicos
te gustan.
-Sí, pero no sé
si tanto como para convertirme en su entretenimiento por unas horas.
-¿Disc jockey?
-Claro. Ironía
en su máxima expresión.
-Sólo decía -se
burló-. ¿Empleada doméstica?
-Podría ser pero
no me convence...
-¿Cuidando niños?
-No lo sé... Es
más difícil de lo que pensaba.
Indecisa hasta
el final.
-¿Qué me decís
de bibliotecaria? -preguntó.
-Suena
interesante. ¿Qué biblioteca es?
-La que está acá
cerca. La biblioteca Medina.
-¿La que queda
por Ricchieri?
La perra asintió.
-¡Perfecto! ¿Dice
algún horario?
-No.
-Entonces vamos a
averiguar cómo es la cosa.
Salieron a la
puerta de calle mientras Luz gritaba: ¡Ma! ¡Saco a pasear a Luna!
Las nubes parecían
una imagen lejana. Hacía ya unos cuantos días que el cielo
permanecía totalmente azul y el calor era inaguantable. Luzmila y
Luna caminaban mientras las gotas de sudor recorrían sus rostros. La
gente iba y venía con desesperación, llegar a sus casas era un
objetivo que ansiaban cumplir. Enjaulados en sus prisiones de
ladrillos sin ventanas que permitan al aire pasar con sus aires
acondicionados al mango se congelaban mientras fuera el sol irradiaba
felicidad... Agotadora y casi inaguantable felicidad.
Tres cuadras y la
ropa parecía haberse adherido a la piel de tal manera que ambas
parecían confundirse y transformarse en una sola cosa. El pelo había
atentado contra el rostro y una cola de caballo había sido la única
solución para poder ver y para que el cuello deje de transpirar.
-Es una suerte que
esté tan cerca -susurró Luzmila al oído de Luna mientras le ponía
la correa.
-Es una suerte que
no nos hayamos derretido -murmuró aún más bajo la perra.
Entraron en la
biblioteca y el aire frío del lugar las relajó por un momento.
Libros por
todas partes...
Como siempre,
Luzmila se entusiasmó por aquellos tomos que relataban historias y
aventuras que ella ansiaba leer. Aunque esta vez no pudo ir a
investigar puesto que había entrado con Luna y las bibliotecas no
eran lugares para perros.
-No se puede
entrar con animales acá -un chico exclamó mientras se acercaba.
-Lo siento, sólo
será un momento. ¿Podrías decirme quién es el encargado?
-Soy yo.
Una sonrisa
inclinada hacia la izquierda, unos ojos verdes y unos rulos negros le
estaban coqueteando abiertamente.
-Mi nombre es
Luzmila y vine por el anuncio en el diario. Busco trabajo -mirada
seria y adiós coqueteo.
-Sos demasiado
joven...
-¡¿Perdón?!
Si saltarle a la yugular no fuera demasiado ya hubiera
clavado mis colmillos en su cuello.
-Disculpá.
Simplemente me llamó la atención que una chica tan joven quiera
trabajar en una biblioteca. Lo cierto es que esperaba a alguien más
serio, responsable, maduro...
Si las miradas
mataran ese chico habría caído sin vida sobre el suelo y hoy
tendríamos una misteriosa muerte sin resolver pero, como las cosas
no son así, sus ojos se agrandaron algo temerosos.
-Podré tener 17
años pero me considero lo suficientemente seria, responsable y
madura como para responder adecuadamente a este trabajo.
Luna se sentó
sobre sus patas traseras ansiando poder hablar con su amiga. Sabía
que la joven se estaba dejando llevar por emociones instantáneas
pero no podía pronunciar una sola palabra frente aquel chico.
-Yo... Debería
tragarme mis propias palabras. Lo siento. Nuevamente. Supongo que
no habrá ningún problema -sonrió intentando calmar la fiera que
temía haber despertado en aquella chica que recién acababa de
conocer-. Lo cierto es que no podremos tener un contrato de trabajo
ni nada de eso. Tendrás que trabajar en...
-En negro. Eso no
es un problema -sonrió.
-Perfecto. Estarás
dos semanas a prueba y si todo sale bien te quedarás.
-Por mí, está
bien. ¿Cuál es tu nombre?
-Soy Newén.
-¿Podrías
explicarme un poco cómo se manejan las cosas por acá?
-Sí, claro Qué
suerte la mía. Si bien me parece joven para este puesto siento que
es la indicada. Vení que te muestro la computadora.
Ambos fueron
detrás del mostrador sobre el cual una computadora permanecía
encendida.
-Tenemos que
mantener un estricto control de los libros que tenemos y de los que
recibimos o pedimos. Por eso usamos este programa...
¿Es necesario
que me explique cómo funciona? Sé usarlo.
-... Además,
registramos los nombres y datos de las personas que se llevan los
libros para leer. Tienen un plazo de una semana para devolverlos.
-¿Tienen que
pagar algo?
-No exactamente.
Lo que se pide es una contribución. Nos dejan lo que pueden y
quieren dejarnos. Si no pueden, no dejan nada.
-Me parece justo
-sonrió.
-Tu turno será el
de la mañana, de 8 a 1. Mi hermano se encargaba antes de esas horas
pero ya se recibió y buscó un empleo acorde a su carrera. Fue por
eso que busqué otro encargado.
-Me parece bien.
-Esperá un minuto
que atiendo a estas personas.
Se volteó
dispuesto a trabajar y Luzmila y Luna se marcharon, seducidas por una
puerta que allí había.
Una cama, un
pequeño ropero, un escritorio con cajones y una puerta que seguro
conducía a un baño o a una cocina.
-Parece como si
alguien viviera acá... -exclamó la chica mientras tomaba un libro
en sus manos.
-Así es -confirmó
Newén al entrar en el cuarto-. Es el lugar donde vivo.
-No quise
entrometerme -se disculpó.
-No hay problema.
-¿Qué edad
tenés? Eso fue tan bruto de mi parte.
-30 -silencio,
incómodo silencio-. Sé lo que estás pensando.
-¿Tan seguro
estás?
-Que solo un
fracasado viviría detrás de una biblioteca.
-No... Me
preguntaba porqué estabas acá.
-Hay una simple
respuesta para eso pero las personas se están juntando y necesito
atenderlas. Quizás en otro momento te lo cuente. Olvidé decirte
cuánto cobrarías por el trabajo. Serán $400 por semana más los
feriados y horas extras que hagas, por supuesto -sonrió.
-Me voy, entonces.
Se encaminó hacia
la puerta.
-El libro que
tenés en la mano es mío.
-Disculpá -sonrió
torpemente-. No había notado que me lo llevaba.
-Podés leerlo si
querés, es “La bruja de Portobello” de Paulo Coelho. Traelo el
lunes cuando vengas a trabajar.
-Gracias -sonrió
dulcemente y se marchó junto con Luna.
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