16 febrero 2012

PARTE 3


-No lo sé -susurró.
-¿Sabés cuál es tu problema? -le dijo Ariel y ella negó, impaciente, esperando la respuesta de su amigo-. Te gustan demasiadas cosas como para enfocarte en solo una.
-Es verdad -reafirmó la colorada-. Te gusta la música, amás escribir, te desvivís por la naturaleza y ayudar a los demás es algo que no podés evitar hacer.
-Lo sé... Para serles sincera me asusta un poco no saber qué hacer el resto de mi vida.
-No seas tan extremista -Lucas la retó-. La carrera que estudies no va a ser a lo único que te dediques el resto de tu vida.
-Es verdad. Uno siempre puede cambiar o empezar a hacer cosas nuevas -Ariel se levantó.
-Y nosotros somos expertos en hacer cosas tontas y de todo tipo -Victoria lo secundó.
Todos se levantaron y al ritmo del Nokia 1100 (celular monofónico y viejo para la época) bailaron e hicieron monerías a la sombra del árbol que habían elegido para ese día.


-Tengo miedo -confesó Luzmila.
-¿Qué pasa? ¿Debería asustarme? No lo sé. En varias ocasiones exagera. Mejor espero a escuchar su respuesta. Anticiparse a los problemas hace mal.
-Escuché a mamá y a papá hablando sobre nuestros gastos -suspiró-. Las revistas ya no quieren publicar las historias de papá. Hace rato que no escribe un libro y mamá sigue sin encontrar trabajo. No hay más dinero.
-No te preocupés. Seguro que todo va a salir bien. Es tan sensible. A veces parece una niña asustada por las sombras que invaden su habitación en la noche.
-No lo sé... Estaban hablando de vos. Decían que quizás íbamos a tener que regalarte. Parece que cuidarte es bastante costoso.
-Luz... ¿Regalarme? ¿A mí? Después de todo el tiempo que pasamos juntos no es posible que estén considerando la idea de darme en adopción.
Sus ojos cambiaron. La tristeza se zambulló en ellos.
-A veces hay que hacer cosas que no queremos para proteger a los que amamos.
-No quiero que te vayas, Luna.
-Yo tampoco quiero irme...
-Lo estuve pensando y ya decidí qué hacer...
¿Qué se habrá cruzado por su creativa cabeza?
-Voy a buscar trabajo. Así, con el dinero que gane voy a poder cubrir tus gastos y no tendrán motivos para pensar en regalarte -sonrió.
-¡Es una brillante idea! -sus ojos brillaron de emoción-. Voy a buscar los clasificados -se levantó.
-No. Será mejor que vaya yo. No quiero que sepan que les mentí sobre vos. Han pasado muchos años como para confesarles ahora que nunca dejamos de hablar -sonrió pícaramente y se marchó.
La verdad que sí. Pobre Luzmila... Obligada a ir al psicoanalista desde pequeña por decir que hablaba conmigo. Recién cuando dijo que ya no conversaba más con su mascota dejaron de molestarla, aunque ella no abandonó las sesiones de psicoanálisis. Sabía que le ayudaría con otras cosas y, además, Iván no podía decir nada de lo dicho en las reuniones. Todo estaba bajo control. Todo era un secreto...
-En fin, veamos qué hay...
La perra tomó los clasificados y, mientras Luzmila peinaba su marrón y largo cabello, los leyó.
-¿Animadora de fiestas infantiles?
-No -rió suavemente-. No sé si podría lidiar con los pequeños.
-Luz, los chicos te gustan.
-Sí, pero no sé si tanto como para convertirme en su entretenimiento por unas horas.
-¿Disc jockey?
-Claro. Ironía en su máxima expresión.
-Sólo decía -se burló-. ¿Empleada doméstica?
-Podría ser pero no me convence...
-¿Cuidando niños?
-No lo sé... Es más difícil de lo que pensaba.
Indecisa hasta el final.
-¿Qué me decís de bibliotecaria? -preguntó.
-Suena interesante. ¿Qué biblioteca es?
-La que está acá cerca. La biblioteca Medina.
-¿La que queda por Ricchieri?
La perra asintió.
-¡Perfecto! ¿Dice algún horario?
-No.
-Entonces vamos a averiguar cómo es la cosa.
Salieron a la puerta de calle mientras Luz gritaba: ¡Ma! ¡Saco a pasear a Luna!
Las nubes parecían una imagen lejana. Hacía ya unos cuantos días que el cielo permanecía totalmente azul y el calor era inaguantable. Luzmila y Luna caminaban mientras las gotas de sudor recorrían sus rostros. La gente iba y venía con desesperación, llegar a sus casas era un objetivo que ansiaban cumplir. Enjaulados en sus prisiones de ladrillos sin ventanas que permitan al aire pasar con sus aires acondicionados al mango se congelaban mientras fuera el sol irradiaba felicidad... Agotadora y casi inaguantable felicidad.
Tres cuadras y la ropa parecía haberse adherido a la piel de tal manera que ambas parecían confundirse y transformarse en una sola cosa. El pelo había atentado contra el rostro y una cola de caballo había sido la única solución para poder ver y para que el cuello deje de transpirar.
-Es una suerte que esté tan cerca -susurró Luzmila al oído de Luna mientras le ponía la correa.
-Es una suerte que no nos hayamos derretido -murmuró aún más bajo la perra.
Entraron en la biblioteca y el aire frío del lugar las relajó por un momento.
Libros por todas partes...
Como siempre, Luzmila se entusiasmó por aquellos tomos que relataban historias y aventuras que ella ansiaba leer. Aunque esta vez no pudo ir a investigar puesto que había entrado con Luna y las bibliotecas no eran lugares para perros.
-No se puede entrar con animales acá -un chico exclamó mientras se acercaba.
-Lo siento, sólo será un momento. ¿Podrías decirme quién es el encargado?
-Soy yo.
Una sonrisa inclinada hacia la izquierda, unos ojos verdes y unos rulos negros le estaban coqueteando abiertamente.
-Mi nombre es Luzmila y vine por el anuncio en el diario. Busco trabajo -mirada seria y adiós coqueteo.
-Sos demasiado joven...
-¡¿Perdón?! Si saltarle a la yugular no fuera demasiado ya hubiera clavado mis colmillos en su cuello.
-Disculpá. Simplemente me llamó la atención que una chica tan joven quiera trabajar en una biblioteca. Lo cierto es que esperaba a alguien más serio, responsable, maduro...
Si las miradas mataran ese chico habría caído sin vida sobre el suelo y hoy tendríamos una misteriosa muerte sin resolver pero, como las cosas no son así, sus ojos se agrandaron algo temerosos.
-Podré tener 17 años pero me considero lo suficientemente seria, responsable y madura como para responder adecuadamente a este trabajo.
Luna se sentó sobre sus patas traseras ansiando poder hablar con su amiga. Sabía que la joven se estaba dejando llevar por emociones instantáneas pero no podía pronunciar una sola palabra frente aquel chico.
-Yo... Debería tragarme mis propias palabras. Lo siento. Nuevamente. Supongo que no habrá ningún problema -sonrió intentando calmar la fiera que temía haber despertado en aquella chica que recién acababa de conocer-. Lo cierto es que no podremos tener un contrato de trabajo ni nada de eso. Tendrás que trabajar en...
-En negro. Eso no es un problema -sonrió.
-Perfecto. Estarás dos semanas a prueba y si todo sale bien te quedarás.
-Por mí, está bien. ¿Cuál es tu nombre?
-Soy Newén.
-¿Podrías explicarme un poco cómo se manejan las cosas por acá?
-Sí, claro Qué suerte la mía. Si bien me parece joven para este puesto siento que es la indicada. Vení que te muestro la computadora.
Ambos fueron detrás del mostrador sobre el cual una computadora permanecía encendida.
-Tenemos que mantener un estricto control de los libros que tenemos y de los que recibimos o pedimos. Por eso usamos este programa...
¿Es necesario que me explique cómo funciona? Sé usarlo.
-... Además, registramos los nombres y datos de las personas que se llevan los libros para leer. Tienen un plazo de una semana para devolverlos.
-¿Tienen que pagar algo?
-No exactamente. Lo que se pide es una contribución. Nos dejan lo que pueden y quieren dejarnos. Si no pueden, no dejan nada.
-Me parece justo -sonrió.
-Tu turno será el de la mañana, de 8 a 1. Mi hermano se encargaba antes de esas horas pero ya se recibió y buscó un empleo acorde a su carrera. Fue por eso que busqué otro encargado.
-Me parece bien.
-Esperá un minuto que atiendo a estas personas.
Se volteó dispuesto a trabajar y Luzmila y Luna se marcharon, seducidas por una puerta que allí había.
Una cama, un pequeño ropero, un escritorio con cajones y una puerta que seguro conducía a un baño o a una cocina.
-Parece como si alguien viviera acá... -exclamó la chica mientras tomaba un libro en sus manos.
-Así es -confirmó Newén al entrar en el cuarto-. Es el lugar donde vivo.
-No quise entrometerme -se disculpó.
-No hay problema.
-¿Qué edad tenés? Eso fue tan bruto de mi parte.
-30 -silencio, incómodo silencio-. Sé lo que estás pensando.
-¿Tan seguro estás?
-Que solo un fracasado viviría detrás de una biblioteca.
-No... Me preguntaba porqué estabas acá.
-Hay una simple respuesta para eso pero las personas se están juntando y necesito atenderlas. Quizás en otro momento te lo cuente. Olvidé decirte cuánto cobrarías por el trabajo. Serán $400 por semana más los feriados y horas extras que hagas, por supuesto -sonrió.
-Me voy, entonces.
Se encaminó hacia la puerta.
-El libro que tenés en la mano es mío.
-Disculpá -sonrió torpemente-. No había notado que me lo llevaba.
-Podés leerlo si querés, es “La bruja de Portobello” de Paulo Coelho. Traelo el lunes cuando vengas a trabajar.
-Gracias -sonrió dulcemente y se marchó junto con Luna.


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