20 agosto 2011

Lágrimas. Se agolpan en mis ojos y amenazan con caer esparciendo mi dolor por toda la zona. Malditas, desgraciadas y peligrosas lágrimas.

Tuve que elegir, debatirme entre dos opciones igualmente dolorosas. Morir en la tierra en que nací o vivir con su adorable recuerdo. Elegí el camino de la soledad, antepuse la memoria a la completa inexistencia. Corrí con todas mis fuerzas pero ya era tarde. El pueblo que tanto amaba desaparecía frente a las saladas enemigas de la felicidad que, divertidas, brincaban de mis ojos y, con un goce cercano al éxtasis, sembraban el pánico y la esterilidad sobre la tierra que desde tiempos inmemoriales había sido fértil y productiva.

Las plantas se morían y los cultivos se secaban. El agua del lago se oscurecía y la sangre brotaba de ella. Peces, sapos y ranas eran elevados a la superficie, muertos y podridos.

Poco a poco, los días pasaron y la gente del pueblo se volvió solitaria y ermitaña. El desprecio escapaba de sus ojos y golpeaba fuertemente el corazón de la muchacha, quien, observada por todos, decidió abandonar aquel lugar, incluso habiendo decidido quedarse para ayudar.

Aún así, habiendo abandonado el lugar la chica de quien cuya maldición había arrasado con la felicidad, los gritos de dolor se transformaron en el silencio incómodo que precede a la batalla. No había nada que hacer, ya era tarde.

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