Había algo allí, algo que se escapaba a sus ojos y que, desde la oscuridad, la observaba y escuchaba.
La piel de la chica palidecía al verse en el oscuro cuarto.
Sola, rodeada de la inmensa oscuridad, buscaba con sus manos algo que nunca podría tocar.
Su corazón lo sentía, sus ojos no lo veían y sus oídos lo ignoraban.
El ambiente se volvió denso y su respiración comenzó a entre cortarse.
Sin dudarlo, distrajo su mente y se enfocó en encontrar el interruptor. Acarició la pared y tiró abajo la pila de libros que por allí, en el piso, junto con el resto del desorden, estaba.
El frío plástico de la tapa de la luz le permitió calmarse y, apenas iluminó la habitación, la densa atmósfera desapareció.
Él había estado allí. Él la había mirado y vigilado. Ella lo sabía y en su mente siempre guardaría el recuerdo de su primer amor, fallecido pero no por eso olvidado.
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