25 marzo 2011


-¿Sabés que es lo hermoso del desorden, Aurora? -preguntó Alma a su pequeña hija de tan solo nueve años.

-No es hermoso, mamá -respondió la niña mientras observaba el cuarto de su hermana mayor.

Sobre una cama con un acolchado blanco se hallaba una guitarra criolla acompañada por un cuaderno, púas, lápices y papeles abollados. Apoyada sobre el escritorio descansaba una guitarra eléctrica de color azul y sobre el mismo se hallaba una computadora portátil. Sin contar la cantidad de papeles que invadían el cuarto cada lugar estaba poblado de un montón de cosas.

-Claro que lo es -insistió su mamá-. El desorden demuestra que la casa está llena de vida. El desorden es la prueba de que la vida se abre paso.

Su hija la miró. Sus ojos celestes intentaban entender las palabras que su mamá había dibujado en el aire.

-Sigue sin gustarme -comentó luego de hartarse de pensar.

-Pues yo lo amo -sonrió Alma-. Ya verás cuando seas mayor y el desorden sea tu hogar.

-Nunca voy a ser desordenada -afirmó la pequeña.

-Eso sólo el tiempo lo dirá.

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