Me veo en el espejo y no logro reconocerme. Mi aspecto físico no me preocupa, sigue igual, sólo que con más rasgos de dolor. No es lo que allí está a lo que le temo, sino a lo que veo en mis ojos y dentro de mí. A veces veo a una mujer, a alguien a quien su duro camino le ha enseñado a vivir, a alguien que puede luchar contra todo y que puede enfrentarse con el mundo si así lo quisiese, a alguien valiente y fuerte. Pero muchas otras veces no es así... Mis ojos se cristalizan por las lágrimas y descubro en mí a una niña, alguien que vive aterrorizada por todo lo que pasa, alguien que llora y que sufre por el sufrimiento ajeno, alguien que piensa que las cosas están mal en el mundo, alguien que se asusta de todo y que no quiere crecer, alguien que siente que todo está perdido y quiere dejarse caer, veo a alguien que busca desesperadamente un cálido abrazo de sus seres queridos, a alguien que busca protección. El tiempo pasa y descubro en mí a alguien más, a alguien normal, a alguien que no es extremista, a alguien común. Cuando mis amigos están conmigo me veo como alguien igual a ellos por más que no sea así. Veo que las cosas malas no están, no pienso en todo lo que sufrí, sólo pienso en ese momento y lo vivo como algo único porque así es. Sólo cuando estoy con ellos puedo ver algo de aquella Macarena, de aquella que fui pero que me cuesta pensar que volveré a ser.
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